Violencia de género

Los malos tratos, tanto físicos como psicológicos, del hombre casado o en concubinato hacia su pareja son cada vez más numerosos y violentos.
Dicen que antes (digamos treinta o cuarenta años atrás) esos malos tratos existían pero no eran denunciados.
La verdad es que desconozco si eran tan numerosos como los actuales, pero es cierto que no se denunciaban porque las autoridades, tanto policiales como judiciales, no tomaban en serio las denuncias; decían que era una cuestión de familia y que la familia, en la intimidad, debía resolver el problema.
En la actualidad, no sólo se cuenta con una ley de protección sino que existen comisarías de la mujer en cada partido de la Provincia de Buenos Aires cuyo personal policial se encuentra preparado para atender puntualmente la denuncia de la mujer.
¿Qué sucede con los hombres casados o en unión libre? ¿Por qué lo que nació por amor termina en desastre? Son preguntas para los sociólogos. Creo que es uno más de los ejemplos de la degradación actual de la sociedad.
La paupérrima enseñanza en las escuelas, la influencia de la televisión basura, la desobediencia permanente a las autoridades, la falta de respeto a los maestros y profesores (tanto por parte de los alumnos como de los padres), el empleo indiscriminado de malas palabras, el pésimo ejemplo de los que tienen funciones de conducción y gobierno, la droga, la bebida, el desempleo, el empleo en negro, la desinformación de los medios de comunicación; son algunas de las plagas que sufren los ciudadanos que, por supuesto, no serán mejores cada día sino todo lo contrario.
En mi diario ejercicio de la profesión veo, con preocupación y sin esperanza de inmediata solución, a madres jóvenes con sus hijos pequeños – y no tan pequeños – deambular por juzgados de familia o fiscalías penales tratando de buscar protección. Esas mujeres dieron el primer gran paso: hartas del maltrato, tomaron la valiente decisión de denunciar a su esposo o concubino. Pero, ¿tiene el Estado los elementos y el personal necesario para darle protección?
Si esas mujeres tomaron la decisión de hacer pública su penosa situación, ¿se imaginan la cantidad de mujeres que sufren todavía en silencio y no se animan a denunciar?
La realidad marca también que esas madres con tres, cuatro, cinco o más hijos no hacen nada porque necesitan la mísera suma de dinero que le entrega el padre para que los niños tengan una mínima atención alimentaria y un techo. Me dirán que existe el subsidio del gobierno… ¿realmente puede pensarse que seiscientos pesos por niño soluciona de lleno el problema?
¿Por qué esos niños no tienen el derecho de tener juguetes, de ir a un teatro a ver un personaje infantil que esté de moda, comprarse ropa de calidad, tener una alimentación que no sea a base de grasas y de comida barata y chatarra, tener una tablet, ir a un colegio bilingüe, practicar un deporte, disfrutar de unas vacaciones en el mar o en la montaña, tener una casa digna donde vivir etc., etc.? Eso será tema de otra entrega.
Es más, algunas madres que promovieron la denuncia, al ver que no entra un solo peso al hogar, dejan de tramitarla ante la autoridad judicial.
La ley de protección obliga a que se excluya al violeto del hogar; además, se le prohíbe el acceso al domicilio, a los lugares de trabajo, de estudio o habituales de la víctima.
Sin embargo, el Estado no está en condiciones de que ese control se ejerza. Ni hablemos de las mujeres asesinadas por sus maridos o concubinos o las que sufren o sufrieron lesiones de todo tipo.
Es cierto que este gravísimo problema es mundial… mal de muchos consuelo de tontos.
En las clases media y alta existe, también, la violencia. Pero con recursos económicos se puede alquilar o comprar otra vivienda, el nivel de educación ayuda mucho, se contrata buenos abogados y, por supuesto, el problema se guarda dentro de la familia por el temor al qué dirán las amistades.
Para las mujeres de bajos o muy escasos recursos (una mayoría importante) todo es mucho más difícil.
La igualdad ante la ley es un invento que está muy lejos de ser realidad.

por Dr. Andrés Rosso

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